Esta hermosa foto del poeta Antonio Gamoneda es obra de Asís G. Ayerbe, quien vivió un momento muy tierno cuando fue a su casa a fotografiarlo. Lo cuenta en la sección de Fotografías Extraordinarias de librujula.publico.es.
Esta hermosa foto del poeta Antonio Gamoneda es obra de Asís G. Ayerbe, quien vivió un momento muy tierno cuando fue a su casa a fotografiarlo. Lo cuenta en la sección de Fotografías Extraordinarias de librujula.publico.es.

El viernes 18 de febrero de 2022, a las 16:00 hrs, en la tertulia Café Cortado que coordina Oswaldo Estrada en Epilogue Book Café —Chapel Hill, North Carolina—, los escritores Benito del Pliego y Andrés Fisher conversarán sobre la traducción al inglés del BLUES CASTELLANO de ANTONIO GAMONEDA, recién publicada por Quantum Prose, y leerán algunos de sus maravillosos blues.

Por JOSÉ LUIS PARDO
[Publicado el 1 de Diciembre de 2006 en El País]
«Cuando yo tenía catorce años, me hacían trabajar hasta muy tarde». Yo me imagino aún a Antonio Gamoneda trabajando hasta muy tarde. Rehaciendo constantemente sus poemas con la misma inseguridad y la misma obstinación que cuando entraba de madrugada en la oficina a los catorce años. Con una diferencia. «… Cuando me pongo / los pantalones, / me quito / la / libertad», decía entonces. Ahora, cuando se pone los pantalones de escribir no se quita la libertad sino que la gasta escribiendo. Y no sólo eso. No es sólo lo que sus versos tienen de trabajo, de versos trabajados una y otra vez, de fruto del esfuerzo interminable de quien pone cada día a prueba su libertad renunciando a ella. Es la propia naturaleza la que en sus versos trabaja sin descanso, la que no es jamás un simple objeto de contemplación sin ser al mismo tiempo sujeto de una acción inconsciente, involuntaria pero incesante, sin reposo ni domingo. No solamente los campos de sus versos son a menudo huertos y polígonos agrarios. No solamente el lino es algo más que lino para ser tocado o visto, pues en su tacto y en su vista se adivinan los nudos del trenzado, y en las trenzas las manos blancas que lo trabajaron. Es el esfuerzo que nos hace a todos y a todo lo demás, un trabajo anónimo que no se detiene ni cuando la industria para: las máquinas, entonces, lloran. De nada sirve fingir dormir: el sueño sigue trabajando bajo los párpados. De nada sirve dejar a la sangre circular por las venas, incluso vaciarse. En las venas siguen trabajando los cordeles, los cordones, las cuerdas. De nada sirve llorar, los insectos trabajan libando el llanto, haciendo círculos sobre las tazas inmóviles. De nada sirve cerrar los ojos, porque dentro de los ojos trabajan los caballos. De nada sirve dejar de llorar, porque los caballos que habitan dentro de los ojos han aprendido a llorar. De nada sirve ni siquiera dormir, porque hay uno que vigila, que permanece despierto en nosotros mientras dormimos. La vigilia de Gamoneda, su estar aún trabajando hasta tan tarde y atravesar las ortigas en busca de un árbol prometido que no es precisamente aquel del que se alimentan los mordaces, obedece al conocimiento de que hay cosas (y seguramente son las más importantes) que sólo se pueden ganar perdiéndolas, que en rigor no se pueden poseer si de verdad se aman –la lengua es una de ellas–, hay frutos que sólo pueden degustarse si se aprende a fracasar en el esfuerzo por apoderarse de ellos. Y cuando volvemos a casa con las manos vacías sólo nos queda lo que no hemos podido recoger: las huellas de unos labradores enviados a un país sin nombre, el silbido de los trenes que pasan por la tarde llevándose lejos a esos mismos hombres o a otros, el hormigueo de los caballos que lloran bajo los párpados y de los insectos que liban el llanto en las tazas vacías. Pero el poeta, aunque él no quiera saberlo, no sólo ha alcanzado el gran árbol prometido de dulcísimos frutos de la única y amarga manera en que puede alcanzarse, en los pedernales y en las sombras, sino que además ha conseguido alimentarnos con él a los demás.

Fotografías y montaje: Fernando Rubio.
Con estas palabras presenta Fernando Rubio en su muro de Facebook este mosaico de fotografías de Antonio Gamoneda realizadas en los años 70:
(León de la esperanza)
La tierra siente cuando yo la canto.
La tierra es bella, silenciosa, fría,
y el hombre es el dolor, y yo quería
sonar a hombre sin sonar a llanto.
Quería acaso pronunciar un canto
mitad de tierra con mitad de hombría…
Pueblo mío, faltaba todavía
abrir tu noble, silencioso manto
y verte, pueblo, con mirada pura,
el viejo corazón rojo y profundo
y advertir que dispone sus escalas.
Porque es preciso conquistar la altura
para el inmenso corazón del mundo,
para esta tierra que nació sin alas.
Antonio Gamoneda Lobón,
en la contraportada de su libro
«León de la Mirada» (ed. Espadaña, 1979)
La portada del libro «León de la Mirada» es una fotografía, hecha por mi, de la torre sur de la Catedral de León, vista a través de las ramas de un florecido pruno, que ya no existe.
Y, si os fijáis, en el nombre de esta serie de fotografías, «León de mi mirada gráfica», Gamoneda ha tenido una influencia fundamental.
Leyendo su biografía, me he dado cuenta de la práctica coincidencia en el tiempo del comienzo de su trabajo cultural en la Diputación en 1970 y de mis comienzos como fotógrafo de prensa y su libro «León de la Mirada», con el fin de mi paso por el reporterismo gráfico en 1979.
Con mis fotografías de los años 70 y mi admiración, te envío un fuerte abrazo.
¡Grande, Gamoneda! Estoy deseando que llegue el 2032 y tú mismo, tú, abras tu legado de la Casa de las Letras. (León es tierra de centenarios, no lo olvides).
FERNANDO RUBIO


El poeta Antonio Gamoneda respondió así cuando le preguntaron «¿para qué sirve la poesía?

«El agua en la poesía hispánica»

La revista mexicana Siglo Nuevo, fundada hace 22 años por doña Olga de Juambelz y Horcasitas, rescata en un libro un total de cien entrevistas culturales para conmemorar el primer centenario del periódico El Siglo de Torreón.
Hacia un Siglo Nuevo. 100 voces perennes como nuestra tinta (2022), es un homenaje de 98 conversaciones impresas entre 2015 y 2021 en las páginas de la revista Siglo Nuevo. A ellas se suma una entrevista rescatada del año 2000 y otra inédita realizada en Ciudad de México al escritor y periodista Juan Villoro.
Se incluyen conversaciones con escritores reconocidos con el Premio Cervantes, como el poeta Antonio Gamoneda. Y resaltan voces locales, como la poeta coahuilense Carmen Ávila, el pianista duranguense Jorge Viladoms, la bailarina Aileen Aguilera Valdés y los escritores laguneros Saúl Rosales y Vicente Alfonso. También se pueden leer intelectuales que han dejado el plano terrenal, como el maestro Carlos Monsiváis, el periodista Vicente Leñero o el compositor Mario Lavista. Las páginas crean mundos y añaden otras disciplinas. Incluso aparece Neri Vela, el primer astronauta mexicano en ir al espacio.
Los encuentros entre los periodistas y entrevistados arrojan cada uno su propia sinfonía, pero a la vez se mantienen armónicos al son de un sólo objetivo: ejercer periodismo con plena libertad y compromiso entintado ante la creación. “Hacia un Siglo Nuevo es un logro no solo porque mantiene vivo el género de la entrevista en una época compleja para el mundo, sino también porque en voz del otro se refleja el mosaico que somos, cuáles son nuestros vestigios, de qué pie cojeamos y hacia dónde se dirigen nuestros sueños”, escribe el poeta mexicano Margarito Cuéllar en el prólogo.
Fuente:

Por JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
[Publicado en Diario de León, el 30 de enero de 2022]
Margarita Merino, la excelente poeta que bautizó a su ciudad de nacimiento, León, como «capital del invierno», regresa con una investigación sobre Las «edades» poéticas de Antonio Gamoneda, que tiene su origen en la tesis doctoral que defendió en su momento. Anida en la poeta de Viaje al interior (1986), Baladas del abismo (1989) y Halcón herido (1993), entre otros poemarios, un fondo apasionado por la vida y también por la literatura, como deja ver a las claras en el prólogo a su nuevo libro, en el que entre otras cosas alude a cómo «los desgarros íntimos de la poesía de Antonio Gamoneda» fueron hincándose en su alma a medida que se adentraba en «los estremecedores versos del poeta».
El laborioso y denso estudio de Margarita Merino abarca los libros gamonedianos escritos entre 1947 y 1998, es decir, los incluidos en Edad (1989) y los publicados después, León de la mirada (1979) Libro del frío (1992) y Libro de los venenos (1995), todos los cuales nos confirman «la trayectoria de una poesía impecable, tenazmente reelaborada y expurgada sin contemplaciones». El problema que se nos presenta es cómo dar cuenta mínimamente en una breve reseña de un libro como el de Margarita, una investigación honda y perspicaz que ofrece claves que nos hacen leer con mayor clarividencia la poesía gamonediana.
Margarita Merino expone con precisión su propósito, metodología e hipótesis de trabajo. Su objetivo es el análisis de la evolución de la poesía gamonediana por medio de «la lectura atenta y concienciada de los libros» y partiendo de los contenidos albergados en los textos poéticos examinados. Parte de una hipótesis de trabajo que confirmará en su indagación: la «ambigüedad» como agua que empapa la poesía de Gamoneda «para expresar su propia revelación y para velar los retazos autobiográficos emergentes de su propia vida». He seguido la investigación de Margarita con gusto y delectación, sea el exhaustivo análisis de Descripción de la mentira o el sugestivo de Blues castellano, un poemario que, en mi caso, a medida que han pasado los años y las lecturas y relecturas, va subiendo en aprecio. Deseo hacer constar, finalmente, que el libro termina con una larga entrevista (unas cincuenta páginas), yo diré más bien que una conversación, que en su día, allá por 1996, mantuvieron la estudiosa y el poeta. Son páginas enjundiosas que añaden veracidad y calor humano a las páginas analíticas anteriores.

Gamoneda pide una economía basada «en su realidad, no en su irrealidad» en la apertura en el Auditorio de una exposición del fotógrafo Robés inspirada en su poesía
Por NOEMÍ G. SABUGAL
Artículo publicado en Diario de León, en febrero 2013
La utilidad del arte y la utilidad de la prima de riesgo. Hum. El frío de unos versos y el frío de la cola del paro. Ejem. De todo esto y más se habló ayer durante la inauguración en el Auditorio de León de la exposición El vigilante de la nieve, una muestra de once fotografías en blanco y negro del fotógrafo villafranquino José Antonio Robés basada en el poema del mismo título del poeta y premio Cervantes Antonio Gamoneda.
«Se trata de configurar una economía basada en su realidad, no en su irrealidad. El dinero y sus desequilibrios internos son los que determinan la crisis», afirmó Gamoneda. Fue tras la consabida pregunta sobre la crisis y los últimos escándalos políticos, que el concejal de Cultura del Ayuntamiento de León, Juan Pablo García Valadés, tuvo que repetirle porque, ironizó el poeta, «si como poeta soy mediano como sordo soy perfecto». «Los sobres y eso», reseñó Valadés.
Gamoneda lamentó que esta crisis económica, en la que estamos «dolorosamente sumergidos» será superada pero supondrá, no sólo en España sino en el mundo, «una enorme transformación histórica del sistema económico». «No es creíble que exista una crisis económica cuando sobre la superficie de la tierra existe la misma riqueza potencial que en los años que no eran de crisis», añadió Gamoneda.
Robés también habló del momento en que nace esta exposición y afirmó que lo hace «en pleno azote de una tormenta de crisis, desahucios, medias verdades, enteras mentiras, sobres, colas del paro, prima de riesgo, eres y un frío helador». El mismo frío que recogen sus fotografías, que Gamoneda significó que establecen un diálogo creativo con sus versos y que muestran, encima de la nieve que todo lo cubre, «una gran soledad». «Vamos a habitar esta hermosa soledad que nos propone Robés», animó Gamoneda.
El fotógrafo villafranquino subrayó que el principio de este proyecto surgió en los 80, cuando empezó a trabajar la temática de la nieve y después se fue aproximando a los poemas de Gamoneda.
Estas fotografías formaron parte de una tirada limitada que se regaló a los Reyes en su última visita a la provincia, pero es la primera vez que se exponen. La muestra estará abierta al público hasta el próximo 8 de marzo.

Jorge Pedrero.
El poema El vigilante de la nieve, cuyos versos acompañan a las imágenes de Robés, tiene su origen en una anécdota con un amigo de Gamoneda [Jorge Pedrero, «obrero del vidrio, pintor y suicida»] que vivía al lado de la carretera de Alfageme y al que, en un día especialmente frío, el poeta le preguntó qué hacía allí fuera. «¿No te das cuenta de que estoy cuidando de la nieve?», le dijo.
Esa actitud vigilante es la misma que debe tener el artista, afirmó Robés. «Todos los que tenemos el oficio de mirar tenemos un compromiso, el compromiso de ser vigilantes. Definitivamente hay que vigilar para poder decir basta ya». Y además expuso la pregunta de para qué sirve el arte, «¿Y la utilidad del arte? La respuesta está clara: el arte no sirve para ganarse la vida, sirve para ganarse el alma». Sí, y tal vez para tener un poco menos de frío.

Fotografía de José Antonio Robés para «El vigilante de la nieve» de Antonio Gamoneda.

Alberto Pérez Ruiz (Logroño, 1935 – León, 2014) fue presidente de la Diputación de León desde 1984 a 1991.
DESDE COYANZA
«ANTONIO GAMONEDA»
Por ALBERTO PEREZ RUIZ
Artículo publicado en el diario La Crónica de León, en diciembre de 1993
Considerando las cosas objetivamente, creo que es difícil que se pueda dar en otro momento histórico la circunstancia que se da en el presente: que una provincia española pueda presumir de haber dado a la lengua castellana tantos escritores de primera línea en activo como son hoy los escritores leoneses. Sin pretender que sea exhaustiva, hagamos una enumeración de esta nómina que abarca los más variados géneros literarios como son la poesía y la prosa, y, dentro de ésta narrativa, el cuento, el ensayo y hasta la investigación en varios campos: Victoriano Crémer, Antonio Pereira, reciente ganador del premio de cuentos “Torrente Ballester”, Juan Pedro Aparicio, José María Merino, Luis Mateo Diez, Julio Llamazares, Agustín Delgado, Florentino Agustín Díez, Luis Alonso Luengo, Ramón Carnicer, Antonio Castro, Luis López Álvarez, Valentín García Yebra, Gaspar Moisés Gómez, Luis López Álvarez, todos ellos entre los que considero amigos. Y Andrés Trapiello, José Antonio Llamas, Ángel Fierro, Juan Carlos Mestre, Antonio Colinas, Ildefonso Rodríguez, Jesús Torbado, Elena Santiago, César Aller y Josefina Rodríguez Aldecoa, entre los que admiro pero no he tenido la suerte de tratar.
Estoy seguro de que todos ellos van a comprender que, puesto a rendirles un humilde homenaje, haya elegido como título y paradigma de la primera entrega, puesto que dudo si podré agotar hoy todo cuanto quiero decir sobre el tema, al que es para mí, si no me atrevo a decir el mejor, sí desde luego el más querido y admirado. No en vano he convivido con él ocho años y durante ellos he tenido la inmensa suerte no ya sólo de conocerle sino de aprender de él en varias facetas de su destacada personalidad: he conocido y he aprendido de Gamoneda poeta, de Gamoneda prosista, de Gamoneda crítico y experto en varias artes que van desde las pictóricas hasta las gráficas, y principalmente de Gamoneda persona y amigo.
Hay más motivos para personalizar de alguna manera en él este comentario sobre los escritos leoneses. Es el más desconocido de todos, al menos si se toma como referencia el conocimiento y admiración de que goza fuera de nuestras fronteras provinciales y nacionales. Seguramente muchos de los que le han llamado y siguen llamando para recitar poemas, dar lecciones magistrales o participar activamente en cursos universitarios en León, Oviedo, Santander, Madrid, Sevilla, Zaragoza, Barcelona, Lima, Cuzco, Illinois, Colonia, Bonn, Zurich o Berna, no se podían imaginar que su trabajo diario discurría en una pequeña oficina del edificio Fierro de su León, en la que se dedicaba a recoger y seleccionar originales de la revista Tierras de León de la que ha sido el alma durante años, o a seleccionar, dirigir la edición y corregir pruebas de las distintas publicaciones de la Diputación o a ayudar a un presidente de esta institución a superar las dificultades que encontraba para expresarse en un buen castellano. No sólo hizo eso Gamoneda. En el periodo en que hemos colaborado, este hombre que se ha autotitulado «extra académico» dejando un poco en entredicho a la «academia» ha hecho muchas más cosas de las que fui testigo. Por ejemplo, dio el impulso inicial a un ambicioso plan de recuperación del acervo cultural leonés, plan que abarcó desde varios monumentos arquitectónicos comenzando por Carracedo, hasta la indumentaria y la arquitectura popular pasando por los yacimientos arqueológicos, las canciones, los romances y los cuentos. Todo este proyecto se realizó a satisfacción aunque quedase sin hacer una parte a pesar de la ilusión y el repetido esfuerzo que ambos compartimos y que se estrellaron con una serie de impedimentos coincidentes. Se trataba de lo que es hoy todavía una asignatura pendiente: el catálogo monumental de la provincia, lo que los dos conocíamos por el «nuevo Gómez Moreno».
¿Hacen falta más razones para justificar mi elección o mi predilección por este poeta con el que comparto un leonesismo militante aunque sea de adopción? Pues recordemos los premios y galardones que ha recibido y principalmente los dos que más le honran y enorgullecen: el de Castilla y León de las Letras en 1985 y el Nacional de Literatura de 1988 por su libro Edad. Entre sus obras solo cito las dos que escribió en nuestros tiempos de convivencia, esto es la anterior y El libro del frío, que vio la luz ya en 1992. Y en la lista de justificaciones no podemos dejar de mencionar el hecho de que acaba de dejar su actividad profesional. Y lo ha hecho con un silencio tal que, si bien a él le honra y está en consonancia con su vida, a otros nos pesaba como una losa y nos exigía algún grito que lo rompiese al menos simbólicamente. Y este grito debe de incluir la esperanza y el deseo de que esta circunstancia le permita disponer de mucho tiempo y mucha tranquilidad para dedicarlos a la creación artística.
Sé muy bien que, cambiando las circunstancias personales, el canto o intento de canto de alabanza que acabo de hacer de Antonio Gamoneda podría hacerse de todos los que enumeramos al principio y de otros que no he citado. Esa es precisamente la importancia del hecho que hoy quería destacar y que demuestra mi tesis inicial. No aspiro a decir de ellos lo que se merecen sino lo que soy capaz en este que he llamado humilde homenaje y que voy a concluir con una reflexión a mitad de camino entre la seriedad y la broma: ¿Imaginamos lo que ocurriría en otras provincias o regiones de este país si contasen con una pléyade de escritores como la que nos sirve a nosotros de orgullo? No debemos caer en los errores en que otros posiblemente caerían pero tampoco podemos ni debemos ignorar la realidad.
Y como se acercan las fiestas navideñas, tiempo de lectura y de regalos, me apetece terminar con un consejo a modo de consigna: lea usted un libro de autor leonés, regale usted un libro de autor leonés. Y no sólo ni principalmente por defender y promocionar lo nuestro, sino porque son los mejores.
Nota de despedida. Cuando ya estaba redactado este artículo me llamó el director del periódico para anunciarme la remodelación de esta sección. Decidí entonces publicarlo sin ninguna modificación y añadir al final dos reflexiones: primera, que debo dar las gracias a La Crónica 16 por haberme ofrecido generosamente esta tribuna durante 87 semanas y en particular a Lolo por su genial colaboración durante las 22 últimas. Y en segundo lugar, que pienso que no ha podido elegir la casualidad mejor oportunidad para finalizar esta mi primera experiencia de columnista semanal. Y es que esta columna última ha salido, quizás como ninguna otra, del cariño que siento hacia León y sus gentes.

De la mano de la editorial Pre-Textos, acaba de salir de imprenta «Vértigo y luz. Sublimidad y sinestesia en el ciclo de senectud de Antonio Gamoneda», el ensayo con el que el investigador Rubén Pujante Corbalán se alzó el pasado 22 de junio de 2021 con el XXI Premio Internacional Gerardo Diego de investigación literaria.
Según la nota editorial:
Este libro aborda la escritura de Antonio Gamoneda desde una óptica complementaria a las numerosas aproximaciones que existen sobre el poeta, circunscribiendo el estudio a un corpus que se corresponde con la llamada edad de la vejez o ciclo de senectud.
Se parte así de la premisa de que los periodos creativos finales poseen unas características propias y diferenciales con respecto a las edades anteriores, al tiempo que se afianza y acrecienta la estela crítica generada en torno a las obras concebidas desde las postrimerías.
La aportación que el lector encuentra en este ensayo se articula, en particular, sobre la idea de una creación entendida como música de la memoria, siendo este enunciado la variante de una de las divisas más reconocibles del autor: que la poesía es un arte de la memoria.
Dentro de esta perspectiva, se propone la reflexión y análisis exhaustivo de dos mecanismos rítmico-semánticos del lenguaje poético de Gamoneda: de una parte, la fascinante vinculación con la sublimidad y las distintas formas de lo sublime; de otra, la presencia y reiteración de las transposiciones sensoriales o imágenes sinestésicas.
Entre los dos rasgos parecen producirse, de hecho, implicaciones que refuerzan la impronta y horizonte estético compartido de esta específica música de la memoria gamonediana.
:: Sobre Rubén Pujante Corbalán

Rubén Pujante Corbalán.
Rubén Pujante Corbalán es licenciado en Filología Hispánica y doctor en Artes y Humanidades con una tesis en cotutela por la Universidad de Murcia y la Université Rennes 2, que obtuvo la calificación de sobresaliente cum laude.
Realizó su tesis doctoral sobre la poesía de Antonio Gamoneda y ha publicado entrevistas y ensayos sobre el Premio Cervantes 2006.
Ha publicado artículos de investigación de diversa índole y también ha colaborado con el sector editorial, en concreto como traductor de Correspondencia Chejov / Gorki (Funambulista, 2011) y los relatos de Émile Zola Por una noche de amor y La señora Sourdis, que forman parte de la breve antología Por una noche de amor (y otras historias), preparada con Gonzalo Gómez Montoro (Funambulista, 2016).
Como docente, ha sido auxiliar de conversación en centros de la enseñanza secundaria francesa; entre 2012 y 2016, ejerció como lector de español en la Université Rennes 2.
Tras pasar una década enseñando e investigando en Francia, actualmente reside de nuevo en España, donde es profesor de francés en la Educación Secundaria y colaborador de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).
Rafael Guillén escribió el verso ‘Para decir amor sencillamente’ hace 60 años, en un poema incluido en su tercer libro. Hoy da título a un gran homenaje colectivo a toda la obra de uno de los grandes referentes de la Generación del 50, con firmas tan relevantes como la de Francisco Brines (que envió su poema para esta edición una semana antes de fallecer), María Victoria Atencia, Antonio Gamoneda o Julia Uceda.
Son, en total, más de cien poetas de distintas generaciones los que participan en esta hermosa edición especial dedicada a Rafael Guillén, con versos inspirados en su obra. Cada poeta ha escogido un verso o una referencia de Guillén y a partir de él ha creado un nuevo poema exclusivo ad hoc.
Se trata de un compendio que llega a modo de regalo colectivo de todos estos poetas para un poeta que les ha servido de inspiración y referencia, impulsado espontáneamente desde la admiración pero sin ánimo comercial ni oportunista.
Este tributo, con edición y selección de Juan José Castro Martín, Javier Gilabert, Fernando Jaén y Gerardo Rodríguez Salas, ha sido publicado por la Diputación de Granada con diseño y maquetación de Squembri Agencia Creativa, equipo que ya se encargó en su momento de diseñar la web oficial de Guillén.

…
PEQUEÑAS NOTICIAS SOBRE UN LIBRO GRANDE
Por ANTONIO PEREIRA
(Artículo publicado en el diario La Hora Leonesa, el 15 de marzo de 1978)
Hace ya varias semanas que el último (por ahora) poemario de Gamoneda, ha alcanzado ese gozo del alumbramiento que es –que sigue siéndolo, por encima de cualquier otro modo de divulgación– su salida de las máquinas de imprimir. Yo he tenido en las manos el fruto palpable, lo tengo ahora mismo con esa sensualidad que nos transfieren siempre las páginas nuevas, todavía olorosas al oficio que más ha hecho por la comunicación entre los hombres. Pero no olvido otras gratificaciones previas: la de haber conocido, no diré que por azar, puesto que las amistades profundas dejan escaso margen a la casualidad, las holandesas manuscritas o mecanografiadas que el poeta iba produciendo como resultado de una necesidad implacable, y el acto de coser, grapar las hojas sueltas e inéditas, uno de los instantes más temblorosos –y que no recuerdo haber visto glosado por nadie– del largo y desasistido proceso de la creación literaria…
Como no podía ser menos, las primeras resonancias han comenzado a levantarse en León y fuera de León. Merece retenerse la de quien ha escrito en su comentario periodístico que sí, que está muy bien remover las aguas de la poesía, nunca aquietadas del todo; pero que justamente la salida de un libro como «Descripción de la mentira» debiera aceptarse como ocasión obligatoria para estudios con vocación de hondura y permanencia. También a mí, el largo y tendido poema de Gamoneda (rectifico aquí lo de poemario) me parece materia suficiente e incluso generosa para el análisis. Su estructura y su aliento, la profundidad de sus vetas y la sugestión del lenguaje, las plurales posibilidades de lectura… todo deja sospechar que nos encontramos ante uno de esos textos que en la brevedad de su extensión contienen la llamada a elucidaciones mucho más amplias que ellos mismos.
Pero ya me urge decir una cosa: que yo no voy a ensayar esa tarea. O menos irreversiblemente, que no voy a acometerla ahora. León está presenciando en estos momentos una atención profesoral y estudiosa hacia su propia literatura, gracias a gente especializada en una crítica moderna. Lo mío, en cambio, lo que a mí me ocupa es dejar constancia de una adhesión personal y poética, trazada mayormente sobre la anécdota: que en negocios de amistad, me parece apenas separable de la categoría…
El 11 de junio de 1976 –por ejemplo–, viernes, larguísima sobremesa en Los Candiles. Antonio sabe escuchar, escucha pudorosamente recatado detrás del humo de su pipa. Hay que declararse con sinceridad, de siempre y en común nos hemos prohibido la medicina complaciente. Yo le reconozco desde luego a su manuscrito, una fascinación y una potencia verbal (dentro de la contención) que casi, de tanta hermosura, se hacen sospechosas. Y como lector un recelo de que se nos esté intentando «embaucar» con la palabra. (Bueno, ahí está Borges que asevera: «Todo escritor es un embaucador»). Una dificultad para penetrar a primera sangre en sus zonas oscuras, que se presentan al hilo de cualquier fragmento… Pero también, y como colofón, el dar a la caza alcance en la final claridad de «Descripción de la mentira» –para mí es la declaración agónica de una deserción temporal, de la que el poeta regresa gracias a un ejercicio de reencuentro consigo mismo, y en él se reconcilia…–, que todavía no se llamaba «Descripción de la mentira».
El lunes 20 de diciembre de 1976, en el Palomo. (Son las ventajas de mi diario maniático, minucioso). El libro iba a llamarse, se llamaba ya en su existencia intrauterina y secreta: «Profundidad de la mentira», pero al autor lo desazonaba ese algo pretenciosamente trascendente a que remite profundidad… Había, las hay siempre, un abanico de posibilidades. Pero también, como siempre, el convencimiento de que sólo una de ellas es la buena.
Tratábamos de hablar de otras cosas pero era inútil, el poeta maquinaba en lo suyo, más espeso de cejas que nunca, apurando alejadamente el vino de la costumbre. De repente se dio una palmada en la frente: «¡Lo tengo!». Me hizo recordar que había él manejado «Profundidad de la mentira» y «Descripción del silencio»… Estaba claro: ¡DESCRIPCION DE LA MENTIRA! Levantamos los vasos alegremente, sin ceremonia. En paz.
Para terminar, y porque estas notas se escriben en León, podría subrayarse lo leonés del libro. Precisamente un libro que desde su planteamiento hasta su culminación se vuelve hacia lo universal de la poesía y del hombre. Arrancando del signo editorial de la colección «Provincia» para rematar en la datación en León y Boñar, señales respetables, pero en la condición de lo accesorio, el poema transcurre por caminos a cuyo reconocimiento basta una lectura atenta. (No una lectura denodada, como alguien pudiera pensar a primera vista). Árboles esbeltos, urces, sombra azul distribuida en sernas y el ganado de vientre pisando sobre la nieve. Pero también el paisaje urbano, con hombres de la ciudad en donde acaso podamos reconocernos. Por ejemplo, en estos claroscuros fragmentos:
Tu serenidad era la servidora del desprecio. Como a animales sosegados, hartos de indiferencia, nos conducías a la frecuentación de los notables y a las acacias inmóviles sobre la oscuridad del río.
Tu suavidad purpúrea y tu murmuración eran dóciles.
Te detenías bajo las lámparas y los insectos blancos aparecían sobre ti…
Con las inmensas libertades que el poeta recaba para la transmutación de la realidad cotidiana en pura sustancia poética: ¿Sería descabellado pensar –sentir– al fondo de los versículos la figura de Antonio de Lama?
Mario Obrero despide 2021, en el programa «Gente despierta» (RNE) de Alfredo Menéndez, hablando de la poesía de Antonio Gamoneda, el último «poeta en París» (su sección) del año que termina, y leyendo algunos de sus poemas, pero también pinchando algunos blues…

Antonio Gamoneda.
Por ANTONIO PEREIRA
(Artículo publicado en el suplemento «El Filandón», de Diario de León, en julio de 1988)
Ahora ya no sé cómo supe «lo de Gamoneda». La radio, la televisión, quizá la imagen familiar del poeta, entre tierna y ceñuda, al desplegar el periódico de la mañana. Me prohibí la vehemencia del teléfono. Le escribí. Ahora me pongo a redactar estas líneas para unas páginas de homenaje y será escribirle a él y también a mí mismo, que me veo premiado como amigo viejo, partícipe de la aventura humana y literaria del poeta de Edad.
Y me voy a permitir un perdonable orgullo. Frente (o junto) a los críticos encopetados que en estos días declaran su sorpresa ante el «corpus» de la obra gamonediana, uno no resiste la tentación de exhibir la virtud del madrugador. Porque no es grano de anís, llevarles diez años de delantera. Abramos comillas: «La salida de un libro como Descripción de la mentira debiera aceptarse como ocasión obligatoria para estudios con vocación de hondura y permanencia (…). Su estructura y su aliento, la profundidad de sus vetas y la sugestión del lenguaje, las plurales posibilidades de lectura…, todo deja sospechar que nos encontramos ante uno de estos textos que en la brevedad de su extensión contiene la llamada a elocuciones mucho más amplias que ellos mismos». El abajo firmante lo firmaba entonces en este mismo periódico. El 15 de marzo de 1978, para los amigos de la precisión.
A Antonio Gamoneda le ha llegado el interés de los exégetas. Está bien, con tal de que se nos deje un sitio a los «testigos». Walt Whitman suministra una cita tópica, y no voy a estampar aquí que quien toca el libro de Gamoneda toca un hombre. Lo que el lector palpa y respira, desde luego, es la historia y la edad de un hombre. Y no solo su edad biológica y biográfica, sino también –ambigüedad feliz, la de la poesía–, esa otra edad que se define como época, período, tramo en la crónica general del mundo. Leer a Gamoneda es saber de él. Pero también es repasarnos a nosotros mismos.
Estamos, pues, en la hora de la justicia y de la verdad sobre el poeta leonés. En una revista literaria se decía «El año Gamoneda». Me gusta más la titulación de otra publicación, también del ramo: «Un poeta para el fin del siglo». Pero, ¿por qué poner límites tacaños a la providencia, si el siglo XXI está a las puertas y el creador justifica todas las esperanzas desde su plenitud?
Alegría por el premio nacional, por el poeta y por todos nosotros. A este viejo compañero de tantas tardes, elocuentes o cavilosas, le conforta pensar que nos aguardan nuevos y maduros frutos de Gamoneda. Y que no se han terminado las horas de las tabernas con Antonio: «Las tabernas amarillas» donde «cambiar el silencio exterior por una voz humana».

Antonio Pereira.