El Ayuntamiento de Oviedo rinde homenaje a Gamoneda colocando una placa en su casa natal

Casa Natal de Gamoneda, en Oviedo.

El Ayuntamiento de Oviedo rinde homenaje a los poetas Antonio Gamoneda y José García Nieto, este lunes 21 de marzo de 2022, Día Mundial de la Poesía, con la instalación de dos placas con su nombre en la calle Melquiades Álvarez, al lado de la casa natal del primero y de la vivienda en la que residió el segundo.

Las dos placas que se colocarán estarán instaladas en la calle Melquiades Álvarez, 25, casa de nacimiento de Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931), y en el número 6, casa donde vivió el escritor José García Nieto.

La instalación de las dos placas está también relacionada con el proyecto «Oviedo, ciudad literaria».

Placa de la calle Poetas Gamoneda, en Oviedo.

En Oviedo ya existe la «calle Poetas Gamoneda», dedicada a Antonio Gamoneda padre (autor de Otra más alta vida, en 1919) y a Antonio Gamoneda hijo (Premio Cervantes 2006, autor de libros como Sublevación inmóvil, Descripción de la mentira, Lápidas, Cecilia, Arden las pérdidas, Un armario lleno de sombra o La pobreza).

Ambos poetas Gamoneda, padre e hijo, nacieron en Oviedo, aunque Antonio Gamoneda Lobón (hijo) se trasladó a vivir a León con su madre siendo muy pequeño, después de que su padre muriera.

Ubicación (punto rojo) de la calle Poetas Gamoneda en Oviedo.

Una antología de Gamoneda para conmemorar el 80 aniversario de la muerte de Miguel Hernández

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La sala de conferencias Max Weber de la Universidad de París Nanterre recordó a Miguel Hernández el viernes, 18 de marzo de 2022, con la celebración del evento Antologías en conmemoración del 80 aniversario del fallecimiento del poeta español Miguel Hernández —con motivo de la IV Conferencia Global de investigadores universitarios sobre temas del mundo hispánico que tiene como lema Construyendo puentes entre investigadores, artistas, legisladores y científicos sobre temas Iberoamericanos—.

Bajo la edición de bi/Coa: Base Intercultural / Comunicada de las Américas, Nueva York, se presentó una serie especial de antologías de escritores y poetas iberoamericanos que contó con el asesoramiento de la Cátedra Iberoamericana Industrias Culturales y Creativas Alejandro Roemmers (IARICC) de la Universidad Miguel Hernández (UMH), la Fundación Cultural Miguel Hernández (España), el Departamento de Lengua, Literatura y Culturas de Adelphi University (Nueva York), el Instituto Cervantes y El Ángel Editor (Ecuador).

En esta edición especial participan: María Ángeles Pérez López (España), Sergio Ramírez (Nicaragua), Luis García Montero (España), Telmo Herrera (Ecuador) Rafael Courtoisie (Uruguay), Juan Carlos Mestre (España), Miguel Ángel Zapata (Perú), Juan Manuel Roca (Colombia), Víctor Manuel Mendiola (México) Antonio Gamoneda (España), Raúl Zurita (Chile), Hugo Mujica (Argentina), Xavier Oquendo Troncoso (Ecuador) y la antología de Mujeres poetas en Voces de las lenguas madres de América.

Gamoneda: «Los escritores amamos la paz»

Don Quijote y Sancho, en un dibujo de Pablo Picasso.

[Fragmento del discurso que pronunció Gamoneda en el encuentro-homenaje a los Premios Cervantes que tuvo lugar en la Biblioteca Nacional de España, Madrid, el 9-X-2012:]

Por ANTONIO GAMONEDA

«(…) Los escritores amamos la paz. Y todos ustedes. Pues bien, históricamente ahora mismo, ante el dolor español y planetario de una pobreza que comporta hambre, enfermedad y muerte, nuestro lenguaje (naturalmente, no hablo solo de la escritura poemática), ha de ser poética y moralmente subversivo. Y nuestra conducta. El sufrimiento de causa social es nuestro sufrimiento y penetra nuestra conciencia, que creación literaria que no lleve consigo conciencia no es creación.

Incruentos como Don Quijote, numantinamente resistentes, pacíficamente revolucionarios, queridos escritores cervantinos todos: hay que luchar contra los molinos de viento”.

«Como lagarto al sol los días de tristeza» / María José Cordero canta a sus poetas amados

Juan José Collado, María José Cordero y Fidel Corral.

‘Como lagarto al sol los días de tristeza’. Así se titula el nuevo trabajo discográfico del trío formado por María José Cordero, (voz y piano) Fidel Corral, (laúd) y Juan José Collado (guitarra). El sábado 5 de marzo de 2022, en la Sala Río Selmo de Ponferrada, ofrecerán un concierto de presentación.

«Lo grabamos justo antes de empezar la pandemia, en 2019, y quedó arrumbado, en silencio, en una caja a la espera de poder ser abierta y que viera la luz», explica Cordero.

El CD contiene versiones musicadas por la cantante y pianista María José Cordero de poemas de distintos autores, sus poetas amados, entre ellos Antonio Gamoneda, Celso Emilio Ferreiro, Manuela López, Luis de Góngora, Antonio Pereira, Pablo Neruda, Juan Carlos Mestre, Nicanor Parra, Marifé Santiago Bolaños, José Ángel Valente… cuyos versos ha mecido con su música.

El título, en realidad, es el último verso, o poema, que José Ángel Valente susurró en su lecho de muerte a su mujer. ‘Como lagarto al sol los días de tristeza’

Portada del disco.

 

Conversaciones entre Gamoneda y Dasso Saldívar

Antonio Gamoneda.

Por DASSO SALDÍVAR
[Publicada en la web de la revista colombiana Arquitrave, que dedicó a Gamoneda su Nº 10 en 2003]

A finales de los ochenta, había renunciado ya a encontrar un poeta español actual que tuviera la hondura y la originalidad de los grandes poetas del 27, de un Guillén, de un Cernuda o de un Salinas, por ejemplo. Un amigo me dijo entonces: «Léete a Antonio Gamoneda«, y me prestó un breve poemario suyo, Lápidas, que acababa de ser publicado por la exquisita editorial madrileña Trieste. Fue una sorpresa y un asombro, pues ningún poeta de nuestra lengua me había conmovido tanto como este (para mí) desconocido Gamoneda desde mis lecturas de Vallejo, Huidobro, Gorostiza, Oquendo de Amat y Aurelio Arturo. Le devolví el libro a mi amigo con un comentario que entonces pudo parecer precipitado o exagerado: «Gamoneda no sólo es el mejor poeta español desde la generación del 27, sino uno de los mejores de la lengua».

Continué buscando sus poemas sueltos en diferentes publicaciones y preguntando por él. Todos insistían en la misma respuesta: «Gamoneda vive en León y casi no sale. Allí ha pasado toda su vida en una especie de exilio interior. Abomina de las comidillas y de los conventillos literarios en que se mueven otros poetas». Hasta que, a principios de 1989, me encontré trabajando en un programa de libros de Televisión Española, y Francisco Brines, asesor del programa y otro de los grandes poetas españoles actuales, me dijo: «Tienes que leerte a todo Gamoneda este fin semana, pues necesitamos que nos prepares un guión para entrevistarlo el lunes». Sin más, puso en mis manos Edad, toda la poesía gamonediana, hasta ese momento, editada por Cátedra. Tres cosas  me volvieron a asombrar. Primero, el aliento poderoso, el acento personal y la limpieza de sus primeros poemas, La tierra y los labios, escritos a los dieciséis años: No llores, que aún tienes/ el viento y la distancia./ El amor es el viento. Sin remedio,/ el abismo se asoma a tu mirada./ Es cierto que me nublas la garganta/ con tu llanto y tu mano lejanísima./ Aún no llores: en el aire bebes/ el olor a tristeza de mis manos. Lo segundo, fue la exigencia, la hondura y la originalidad de toda su obra, así como su unidad temática y formal. Y lo tercero, fue la lectura, dentro de esa suma ética y estética,  del poemario Descripción de la mentira, que, cada vez que releo, me hace pensar que mi primer juicio sobre Gamoneda no sólo no fue exagerado, sino que siento la necesidad de colocarlo junto a obras como España, aparta de mi este cáliz, Altazor, Muerte sin fin, Tierra baldía, Anábasis, Oda marítima o Elegías de Duino.

Después de aquel primer almuerzo en Televisión Española, he seguido almorzando y conversando con Gamoneda durante estos años, conversando y caminando por las calles de Madrid y de León y por los pinares de La Candamia leonesa. Nuestra última caminata conversada tuvo lugar en León y duró prácticamente dos días y dos noches. Gamoneda es un peripatético consumado y un sabio presocrático. Tiene además una humildad, un sosiego y una dulzura que lo asemejan al cubano Eliseo Diego. En nuestras conversaciones cruzadas, desordenadas e interminables, hemos tocado casi todos los temas de la vida y de la muerte, de los hombres y de las cosas, de la imaginación y de la razón.

Los aspectos resumidos a continuación bien pueden darle al lector una idea del hombre y del poeta, de su vocación, de sus temas y de sus prioridades existenciales.

-Usted no llegó  a conocer a su padre, pero tuvo una gran influencia de él a través de su madre. ¿Qué podría decirnos de aquel primer Antonio Gamoneda, autor de un único libro, Otra más alta vida, editado en Madrid en 1919?

-Es cierto,  yo no llegué a conocer a mi padre porque murió cuando yo tenía menos de un año. Pero cuando yo tengo una cierta conciencia de la existencia, mi madre, que es una mujer sencilla, pero perpetuamente enamorada de su hombre, me trasmite, no sabiduría en relación con la poesía, pero sí una noción que ha sido determinante en mi vida. Ella me dio a entender que mi padre tenía una cualidad, una dimensión de la vida que está en el lenguaje, que no es exactamente la que usamos para hablar, sino de que la lengua en su boca, en su escritura, se convertía en un objeto distinto, en algo que comunicaba pero que al mismo tiempo tenía unas virtudes especiales. Yo esto lo percibía oscuramente, no sabía lo que era, pero muy temprano empecé a leer. Esta es una experiencia que quizás no cambiaría por ninguna otra: el hecho de que entre mis primeras lecturas estuvieran las lecturas de poemas, intensificadas por la particularidad de que el poeta era mi padre. Esta es su gran influencia.

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Palabras para Gamoneda, de Juan Carlos Mestre (2007)

Mi amistad está sobre ti como una madre sobre su pequeño que sueña con cuchillos.

Descripción de la mentira (1975-1976)

 

Yo tenía catorce años, la edad en que un muchacho abandona la belleza sin placer de la esperanza para entrar en la ruina donde el porvenir de los lenguajes mantienen inmaculada y pura la sonrisa de los sueños muertos. Un cuchillo es algo tan real como un pañuelo. Un pañuelo es algo tan subjetivo como la salud del bien de una madre. Estas cosas están en el corazón simbólico de mi infancia como una conducta relacionada con lo indecible, el deseo de nombrar las primeras formas de la verdad, el encargo de traducir a armonía la subversión del pensamiento que se resiste a hacerse costumbre.

No importa lo indefinible, será suficiente el radical descentramiento de lo que supone intuir su ruptura con la lógica del saber, no la fuerza de lo que es, sino una ética de la repulsa que ajena al arte de representar aspira a ser como debería ser el universo significante de la dignidad humana: la amistad de la poesía como una madre sobre su pequeño que sueña con cuchillos. Yo no tenía un cuchillo, pero había soñado con cuchillos. Tenía, sí, una pequeña navaja con la que abría las granadas de un nogal que crecía en medio de un río que no pasaba por mi pueblo; ese tipo de cosas con las que solo se obsesiona el ángel que no tiene ojos o un muchacho amigo de un suicida.

Yo seguía por aquel entonces la sombra de alguien que no vive en la vida, se llamaba Gilberto Ursinos y era amigo de Antonio Gamoneda, que pensaba doradamente en la luz mirando el mundo en El Bierzo. Poco significan estas cosas más allá del filo de un cuchillo, pero la utilidad de su sentido permanece inmóvil en la conciencia como una de las bellas formas de la redención: aquella de la que aun sin saber nombrarla heredamos misericordia, la íntima piedad de unas palabras que dieron aldea moral a los invisibles, compañía a los indescifrables desaparecidos, mediación de bondad ante el dolor absoluto de la intemperie humana. No existe mayor amistad que la de personificar en el propio destino la alianza que nos vincula con la desgracia de otro, la memoria de las huellas del bien como una madre sobre su pequeño que sueña con cuchillos.

JUAN CARLOS MESTRE

Juan Carlos Mestre y Antonio Gamoneda

[Entresacamos algunos fragmentos de esta entrevista con Juan Carlos Mestre publicada en La Voz de Galicia el 26 de enero de 2016:]

Por RODRI GARCÍA

El hijo del panadero cambió el pan por la poesía. «Para amasar había que madrugar mucho», bromeaba ayer Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957). El ganador del Premio Nacional de Poesía del 2009, con el poemario La casa roja, tiene claro que los causantes de su cambio fueron dos poetas, los dos Antonios: Gamoneda y Pereira. (…)

—¿Se lee poca poesía?

—La poesía no está ahí para ser consumida como algo más, como un producto. La poesía ni tan siquiera es literatura; es, como dice el maestro Gamoneda, un proyecto espiritual, una manera de estar en el mundo. Y, dialécticamente, se opone a ser consumida.

—Dice en uno de sus poemas: «Los poetas consumen su vida alrededor de viejas palabras».

—Sí, claro, las viejas palabras que siguen nombrando los grandes desafíos. No creo que haya ninguna otra aspiración más común al género humano que la aspiración a la felicidad… La poesía es una aliada en la construcción utópica del porvenir, por eso su alianza está con las viejas palabras que siguen recordando tres principios: igualdad, inocencia y felicidad.

—¿Está con el grupo de escritores leoneses o con otros como Neruda, ya que estuvo en Chile?

—Conocí desde niño a dos poetas con los que me he formado literaria, espiritual y emocionalmente. Uno de ellos es Antonio Pereira y el otro es Antonio Gamoneda. Los traté desde los siete u ocho años y es posible que si no me hubiera encontrado con ellos me hubiera dedicado al destino natural que tenía en mi casa: hijo de un panadero, pues repartir panecillos por las calles del pueblo. Aunque mi poesía posiblemente no tenga una proximidad estética ni a la de Antonio Gamoneda, ni a la de Antonio Pereira, es deudora de su gran vocación moral, del concebir la poesía como un acto de construcción del lenguaje y no como un artefacto decorativo que anima los festejos del habla. (…)

—Gamoneda es un afectado por las inspecciones de Hacienda a escritores, ¿qué le parece eso?

—A mí no me sorprende. Hace muchos años Walter Benjamin, el gran pensador alemán, escribió un ensayo, para mí, sobrecogedor. En momentos como este uno entiende la profecía de Benjamin cuando dijo: el gran botín de los amos ya no son las plusvalías, el gran botín de los amos es la cultura. Hemos llegado al tiempo en que no son los dinerillos lo que nos quieren quitar, es la conciencia de lo que la poesía aporta al mundo: pero no podrán callar la capacidad de rebelión que tiene la poesía. Me parece un acto de Estado vergonzante.

Un poema de ‘Las venas comunales’, de Gamoneda

Amelia Lobón, madre del poeta, hacia 1918. © Foto: Archivo familiar.

En los laboratorios, sobre las máquinas inmóviles, hay óxido y sombras. No hay ácidos ni hombres; apenas permanece la química de la ira.

Sucede a causa de la infección general de la atmósfera, es decir, de la vida. Sucede también a causa de grandes codicilos infecciosos.

Tú, es decir, yo, entra a los laboratorios. Pon temperatura. Primero en los instrumentos más tristes. Reduce el óxido, dispersa las sombras.

Madres. Madres tuyas y mías suelen venir a las válvulas. Abre las válvulas. Busca, no sé, gritos, quizá. Sí, busca los gritos de las parturientas gozosas, busca los cabellos aceitados por la tristeza, los imperdibles perdidos.

O su llanto.

Sí, su llanto insurgente. Induce tú la sedición llorando. Pon la obra magnética.

Ya llegan las madres.

Ya visten los grandes mandiles, ya tienden la ropa más blanca, ya cantan y lloran, ya lavan los ácidos.

¿Qué hacen las madres?

Ellas saben. Restauran la química
cantando, tendiendo, lavando, llorando.

(Fábula de las madres doctoradas en química)

Amelia Lobón, madre de Antonio Gamoneda, en una imagen de los últimos años de su vida. © Foto: Archivo familiar.

Antonio Machado en un poema de Gamoneda

Última fotografía de Antonio Machado.

[Poemas no recogidos en libro]

Breve investigación aplicada al valor de los datos visuales en la que se supone última fotografía de Antonio Machado

La blancura es más grande que la tristeza; lame los parietales torturados, entra en los dormitorios del sudor y el láudano y luego hierve como nieve impura sobre el hueso frontal. Es la humedad de los agonizantes.

Viene despacio la paloma horrible, viene a los vasos llenos de sombra y la ceniza capilar se extiende sobre vestigios de mercurio y llanto.

Ciega, la lente circular induce mendicidad bajo los párpados.

Pero la luz procede del abismo. Ante las córneas abrasadas, un filamento de dolor indica los contenidos del silencio.

Ciertas llagas quizá son miserables en la sutura de los labios.

Sólo las desapariciones alimentan el corazón. Hay sábanas sobre los signos de la inexistencia.

Grasa y metales entran en la luz; se encienden y ésta es la única misericordia.

La muerte es blanca ante los ojos de Antonio Machado.

ANTONIO GAMONEDA

(Ínsula, n.º 506-507, febrero-marzo 1989, p. 40; en el número homenaje a «Antonio Machado, 1875-1939». Una versión sin título y muy modificada de este poema fue publicada en la segunda edición de Libro del frío, 2000, p. 91)

«Antonio Gamoneda, el poeta del frío, bajo la lluvia» (una fotografía de Asís G. Ayerbe)

Antonio Gamoneda, el poeta del frío, bajo la lluvia. Fotografía: Asís G. Ayerbe.

Esta hermosa foto del poeta Antonio Gamoneda es obra de Asís G. Ayerbe, quien vivió un momento muy tierno cuando fue a su casa a fotografiarlo. Lo cuenta en la sección de Fotografías Extraordinarias de librujula.publico.es.

 

Presentación de «Castilian Blues», de Gamoneda, en Carolina del Norte (18-2-2022)

El viernes 18 de febrero de 2022, a las 16:00 hrs, en la tertulia Café Cortado que coordina Oswaldo Estrada en Epilogue Book Café —Chapel Hill, North Carolina—, los escritores Benito del Pliego y Andrés Fisher conversarán sobre la traducción al inglés del BLUES CASTELLANO de ANTONIO GAMONEDA, recién publicada por Quantum Prose, y leerán algunos de sus maravillosos blues.

El filósofo José Luis Pardo, sobre Gamoneda (2006)

La vigilia de Gamoneda

Por JOSÉ LUIS PARDO
[Publicado el 1 de Diciembre de 2006 en El País]

«Cuando yo tenía catorce años, me hacían trabajar hasta muy tarde». Yo me imagino aún a Antonio Gamoneda trabajando hasta muy tarde. Rehaciendo constantemente sus poemas con la misma inseguridad y la misma obstinación que cuando entraba de madrugada en la oficina a los catorce años. Con una diferencia. «… Cuando me pongo / los pantalones, / me quito / la / libertad», decía entonces. Ahora, cuando se pone los pantalones de escribir no se quita la libertad sino que la gasta escribiendo. Y no sólo eso. No es sólo lo que sus versos tienen de trabajo, de versos trabajados una y otra vez, de fruto del esfuerzo interminable de quien pone cada día a prueba su libertad renunciando a ella. Es la propia naturaleza la que en sus versos trabaja sin descanso, la que no es jamás un simple objeto de contemplación sin ser al mismo tiempo sujeto de una acción inconsciente, involuntaria pero incesante, sin reposo ni domingo. No solamente los campos de sus versos son a menudo huertos y polígonos agrarios. No solamente el lino es algo más que lino para ser tocado o visto, pues en su tacto y en su vista se adivinan los nudos del trenzado, y en las trenzas las manos blancas que lo trabajaron. Es el esfuerzo que nos hace a todos y a todo lo demás, un trabajo anónimo que no se detiene ni cuando la industria para: las máquinas, entonces, lloran. De nada sirve fingir dormir: el sueño sigue trabajando bajo los párpados. De nada sirve dejar a la sangre circular por las venas, incluso vaciarse. En las venas siguen trabajando los cordeles, los cordones, las cuerdas. De nada sirve llorar, los insectos trabajan libando el llanto, haciendo círculos sobre las tazas inmóviles. De nada sirve cerrar los ojos, porque dentro de los ojos trabajan los caballos. De nada sirve dejar de llorar, porque los caballos que habitan dentro de los ojos han aprendido a llorar. De nada sirve ni siquiera dormir, porque hay uno que vigila, que permanece despierto en nosotros mientras dormimos. La vigilia de Gamoneda, su estar aún trabajando hasta tan tarde y atravesar las ortigas en busca de un árbol prometido que no es precisamente aquel del que se alimentan los mordaces, obedece al conocimiento de que hay cosas (y seguramente son las más importantes) que sólo se pueden ganar perdiéndolas, que en rigor no se pueden poseer si de verdad se aman –la lengua es una de ellas–, hay frutos que sólo pueden degustarse si se aprende a fracasar en el esfuerzo por apoderarse de ellos. Y cuando volvemos a casa con las manos vacías sólo nos queda lo que no hemos podido recoger: las huellas de unos labradores enviados a un país sin nombre, el silbido de los trenes que pasan por la tarde llevándose lejos a esos mismos hombres o a otros, el hormigueo de los caballos que lloran bajo los párpados y de los insectos que liban el llanto en las tazas vacías. Pero el poeta, aunque él no quiera saberlo, no sólo ha alcanzado el gran árbol prometido de dulcísimos frutos de la única y amarga manera en que puede alcanzarse, en los pedernales y en las sombras, sino que además ha conseguido alimentarnos con él a los demás.

Gamoneda en fotografías de Fernando Rubio (años 70)

Fotografías y montaje: Fernando Rubio.

Con estas palabras presenta Fernando Rubio en su muro de Facebook este mosaico de fotografías de Antonio Gamoneda realizadas en los años 70:

(León de la esperanza)

La tierra siente cuando yo la canto.
La tierra es bella, silenciosa, fría,
y el hombre es el dolor, y yo quería
sonar a hombre sin sonar a llanto.

Quería acaso pronunciar un canto
mitad de tierra con mitad de hombría…
Pueblo mío, faltaba todavía
abrir tu noble, silencioso manto

y verte, pueblo, con mirada pura,
el viejo corazón rojo y profundo
y advertir que dispone sus escalas.

Porque es preciso conquistar la altura
para el inmenso corazón del mundo,
para esta tierra que nació sin alas.

Antonio Gamoneda Lobón,
en la contraportada de su libro
«León de la Mirada» (ed. Espadaña, 1979)

La portada del libro «León de la Mirada» es una fotografía, hecha por mi, de la torre sur de la Catedral de León, vista a través de las ramas de un florecido pruno, que ya no existe.

Y, si os fijáis, en el nombre de esta serie de fotografías, «León de mi mirada gráfica», Gamoneda ha tenido una influencia fundamental.

Leyendo su biografía, me he dado cuenta de la práctica coincidencia en el tiempo del comienzo de su trabajo cultural en la Diputación en 1970 y de mis comienzos como fotógrafo de prensa y su libro «León de la Mirada», con el fin de mi paso por el reporterismo gráfico en 1979.

Con mis fotografías de los años 70 y mi admiración, te envío un fuerte abrazo.

¡Grande, Gamoneda! Estoy deseando que llegue el 2032 y tú mismo, tú, abras tu legado de la Casa de las Letras. (León es tierra de centenarios, no lo olvides).

FERNANDO RUBIO

«El agua en la poesía hispánica», una antología realizada por Gamoneda (1972)

«El agua en la poesía hispánica»

Ed. Institución Fray Bernardino de Sahagún, 1972, León.
Edición de 1.200 ejemplares, de éstos 500 numerados.
Antonio Gamoneda es el compilador de esta antología
y el autor del prólogo de la misma, que lleva el título de:
«El tema del agua en la poesía hispánica».