
Margarita Merino.
Don Antonio Gamoneda
Por MARGARITA MERINO
[Reproducimos un artículo publicado en Diario de León el 15 noviembre de 1998]
Me resulta extraordinariamente difícil romper mi silencio sobre una obra literaria inclasificable, cuya densidad y talla me absorben, por motivos diversos que han ido «suplantando» a los originales. Quiero decir que aquellos primeros eran de índole más pragmática que los vitales que les han sucedido.
De una poética «aparición» deslumbradora en mi adolescencia, que llegó en fotocopias, a una perturbadora «reaparición» en mi juventud: Descripción de la mentira; hasta una constancia recurrente, provocada por el rigor, la convulsión sujeta, la hondura de emoción, la sabiduría, la perfección, la reflexión (útil y amenísima del último libro de ensayos habitado de humor) que encontré en textos irrepetibles: Edad, Libro del frío, Libro de los venenos, El cuerpo de los símbolos. Viajando a las raíces me empapé de progenie en Otra más alta vida, del poeta homónimo Antonio Gamoneda, padre de nuestro autor, y a quien, este huérfano tempranísimo, sólo pudo sentir a través de los versos, ay.
Empecé hace dos años y medio una tesis doctoral, en la que he atravesado todo tipo de fases doloridas, abandonada el último año y pico, desde mi regreso a España, a lo que creía una gran soledad en mi trabajo académico que luego se incrementaría de otras muchas sin belleza barroca. Me equivocaba.
Recomiendo (cualquiera, todos) los títulos a quienes quieran «crecer», amen la gran literatura y la filosofía más humanas y que no se conformen con redacciones apresuradas y evasivas fruto de mercadotecnia y vanidades extraliterarias. Las horas que transcurrieron, enfrascada en relecturas y meditaciones, paralizada en alguno de estos libros, me estaban enseñando algo que nunca sospeché. Algo que los imitadores precoces de Gamoneda olvidaron muy pronto, en la huída de la comparación constante, si es que llegaron a captarlo embriagados de fama. Os lo diré.
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