
Portada de El Faro de Vigo del 5-6-2021.

Página dedicada a Gamoneda en El Faro de Vigo del 5-6-2021.
El artículo de J. C. Iglesias publicado en

Portada de El Faro de Vigo del 5-6-2021.

Página dedicada a Gamoneda en El Faro de Vigo del 5-6-2021.
El artículo de J. C. Iglesias publicado en
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El premio “Cervantes” asturleonés cumple 90 años instalado en la lucidez y la laboriosidad, con la escritura de un tercer tomo de “recuentos de olvidos” y un poemario titulado provisionalmente “Cancionero de la indiferencia”
Por
Antonio Gamoneda fue un niño republicano. Nació en el corazón del Oviedo burgués y tricolor, frente a la iglesia de San Juan el Real, un 30 de mayo de 1931. Después vino la orfandad paterna, la marcha a León con una madre “bordadora y asmática”. Allí fue un “niño final, nieto de la pobreza”, adolescente madrugador y proletario, camarada de los que “sabían gemir”, esposo que viajaba en trenes “de campesinos viejos y de mineros jóvenes” para visitar a Ángeles Lanza, maestra en las comarcas del carbón, y padre de Ana, Ángeles y Amelia, a las que advirtió: “no vayáis nunca solas a la carretera del norte”.
Estos son algunos datos de la biografía de un hombre que ahora cumple 90 años, el mismo que escribió “no tengo miedo ni esperanza”. En ello sigue, militante en la tarea de alumbrar las esquinas del mal, las tinieblas de la mentira, pero también los parajes de la dignidad, consciente de que “la belleza no es / un lugar donde van / a parar los cobardes”. Esa ha sido su manera de sobrevivir, también de resistir.

[Artículo publicado en el suplemento cultural “La sombra del ciprés”, del diario vallisoletano El Norte de Castilla, el viernes 21 de mayo de 2021, pág. 4]
Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
Una evolución poética parece exigir al fin un empujón final del pensamiento que anime a una lectura conclusiva de la obra total del autor. Como si esta necesitara llegar a alguna parte, más allá de lo ya expresado antes, para dotarla a la vez de trascendencia y sentido. No es el caso del itinerario trazado en la poesía de Antonio Gamoneda. A la vista de la escritura surgida en los últimos diez años —desde la aparición de Canción errónea en 2012—, podría decirse que el afán retrospectivo que guio siempre cada uno de sus libros anteriores se complementa con una poesía terminal, sí, pero en aquella misma órbita que revelaba a través de un discurso poético, poderoso como ninguno en el panorama del siglo XX, el peso de una memoria resonante y la necesidad de una imaginería obsesiva que ha perseguido al poeta hasta el final. ¿O quizás es él quien necesita salir cada vez a buscarla? Sea por la propia potencia de esas visiones o por la voluntad del poeta, lo cierto es que un destilado de alusiones biográficas y palabras reiteradas se mantiene indemne, acompañando hasta el final una escritura que se abrocha sin remisión sobre sí misma: “Hablo de ayer pero hoy / aún es ayer”.
Miguel Casado se refiere a esto mismo en un epílogo esclarecedor, señalando que “el autor comparece como heredero de su propia escritura”. Y es así. No solo en los últimos libros publicados (el citado Canción errónea, La prisión transparente, No sé o Las venas comunales) sino también en las ‘mudanzas’ —reelaboraciones de poemas ajenos atraídos a su propio mundo poético—, la escritura de Gamoneda en estos años tiene esa cualidad de interpelación tenaz, de merodeo en torno a un ensimismamiento que acaba por conciliar lucidez y aturdimiento en una suerte de fraseo flotante con recurrencias a una voluntad de ignorancia (“No sé”) o de desentendimiento (“Tú / no tienes nada que decir”), de indiferencia (“No sé qué es vivir, no sé qué es morir y tampoco sé si me importa”) y de cansancio; por no hablar de vacilaciones que trastornan la seguridad de su discurso: “Huiremos al pasado. A mi pasado. Estaremos / relativamente seguros”, se lee en un poema de Las venas comunales para desdecirse luego así: “Pensándolo bien, no sé, / no estoy seguro, no sé / si nos conviene el viaje a mi pasado”.
Pero hay algo significativo. El carácter ensimismado de estos últimos libros, en los que el poeta se confronta de continuo consigo mismo en ejercicios de perplejidad ontológica, se compadece con la búsqueda de aperturas hacia otras presencias, hacia otros acompañantes para compartir la fiebre verbal de un diálogo extremo. Así, muchos poemas de Canción errónea tienen un origen externo, empiezan y terminan en la obra de otros creadores (Gaspar Moisés, René Char, Gelman, Amancio González o Ángel Campos entre otros); del mismo modo, Las venas comunales fue concebido como un libro donde se consuelan mutuamente los poemas versiculares de Gamoneda y las pinturas iluminadoras de Juan Carlos Mestre. Por no hablar de esas Mudanzas que el poeta maneja con soltura admirable como si fueran piezas propias. Es decir, la poesía de Antonio Gamoneda en estos últimos diez años persiste en esa voluntad de mantener a flote nombres y cifras insistentes, capaces aún de picotear el corazón del poeta, pero —y no es ninguna novedad en el autor de Blues castellano— está eso otro: un trasvase, una necesidad de pulsar en compañía vida y lenguaje a la vez; una invitación a mirar con él el resplandor escabroso e inexplicable de la existencia: “Acércate. Bebe conmigo. Un vino habrá que procure la verdadera ebriedad. Hemos vagado en ebriedades falsas”.

Un jovencísimo Antonio Gamoneda. (Archivo familiar).
[Artículo publicado en el suplemento cultural “La sombra del ciprés”, del diario vallisoletano El Norte de Castilla, el viernes 21 de mayo de 2021, pág. 4]
Por JORGE PRAGA
En uno de los estudios con los que Miguel Casado ha ido ciñendo las ediciones de la poesía de Antonio Gamoneda, se afirmaba: “La obra y el transcurso de la obra han llegado a ser lo mismo. Y no ya como materia la una del otro, sino como una materia única: la escritura es la vida”. Esta certeza necesitó a veces para su rastreo y edificación de esfuerzos hermenéuticos acordes con la complejidad del hacer poético del autor. Y se refrendó, y en cierta manera se iluminó y allanó, cuando Antonio Gamoneda se empeñó en una tarea memorialista explícita, que por ahora se ha conformado en dos volúmenes: ‘Un armario lleno de sombra’, de 2009, y ‘La pobreza’, que vio la luz la primavera pasada.
El arranque del primero ilustra esa mutua dependencia entre la escritura y la vida. Años después de la muerte de su madre, Antonio Gamoneda abre el armario en el que ella guardaba ropas y objetos personales. La oscuridad de su interior se va iluminando cuando el tacto, los aromas o el orden presentido van devolviendo sensaciones y vivencias que el poeta encaja en párrafos minuciosos. De la oscuridad sale la luz, del olvido allí encerrado surgen los recuerdos con los que teje una escritura que sacude lo inerte hasta acercarlo a la vibración existencial: “Y entonces ocurrió algo que me envolvió en su realidad física: sentí el olor de mi madre. Viva”. El armario es metáfora de su cabeza, de su cuerpo y de su biografía. Solo hay que abrirlo y dejarse caer en su interior, sin defensas ni más esperanzas de captura que las que segreguen las sombras del pasado. El resultado son esos dos tomos en los que se trenza, sin imposiciones cronológicas, una experiencia personal y un tiempo que la envuelve. Un tiempo que arranca en el niño de la guerra y de la posguerra que Gamoneda fue, con la cercanía de las cuerdas de presos, de los cadáveres en las charcas, del frío y de la miseria. Y que con paciencia se eleva hacia su formación autodidacta, lejos del colegio de agustinos que le humilla, para arribar a la entrada en el mundo laboral a los catorce años que cierra el primer volumen. En el segundo veremos expandirse ese sufriente destino de auxiliar bancario hacia la poesía, al amparo inicial de los fundadores de ‘Espadaña’; hacia la militancia política en la clandestinidad, y hacia otros puestos y actividades más acordes con su vocación literaria.
En ese largo trayecto Gamoneda consigue el milagro que siempre debe ser horizonte de cualquier recuento de memorias: que los avatares personales abandonen su particularidad para engarzarse en una representación superior del tiempo y la sociedad en que se desenvuelven. Las sangres bélicas y los gritos de los represaliados que llegan al niño Gamoneda, o el sometimiento y la vulgaridad que penetra la sociedad leonesa, se convierten en su prosa en un testigo amplificado de lo que sucedía en cualquier rincón de España en esos años de penitencia, como los llamó Carlos Barral. Y no solo por su capacidad de observación y síntesis, sino sobre todo por el florecimiento de una escritura que deslumbra mientras ajusta los hechos. Una tormenta en la carretera de Carbajal se puede convertir en un gran fresco pictórico, el despiste en las cuevas de Valporquero en una entrada en el delirio visionario, o la procesión del Corpus en un ajuste de cuentas con el franquismo y la iglesia. De propina, una curiosa veta de humor que florece sobre todo en las descripciones. Valga la de Luis Rosales: “Bebía con reposada avaricia”.
Y, en el otro extremo del niño Gamoneda, la muerte. La muerte de todos y de cada uno, cerrando cada párrafo en el que la memoria ha dejado entrar el recuerdo de aquel que pasó a su lado. Murió, ha muerto, acaba de morir, habrá muerto…, conjuga el texto una y otra vez. El poeta es un superviviente longevo, y sus memorias, su escritura, en cierta manera justifican la excepción de su vitalidad. El espejo final en el que se mira son esos cientos de páginas en las que se va dibujando mientras dibuja a otros, una imagen reconocible y a la vez extranjera, suma de amigos y contrarios, de pensamientos y alucinaciones: “Reunirme, desnudo y único, con un yo mismo que, a la vez, es un extraño”.

Antonio Gamoneda (h. 1982). Foto: Archivo de la familia Quindós Martín-Granizo
[Artículo publicado en el suplemento cultural “La sombra del ciprés”, del diario vallisoletano El Norte de Castilla, el viernes 21 de mayo de 2021, pág. 4]
«Descripción de la mentira»
Por LUIS MARIGÓMEZ
En diciembre de 1975, cuando empezó a escribir el poema, Gamoneda tenía 44 años. Franco acababa de morir. Su anterior libro, ‘Blues castellano’ terminado en 1966, no se había podido publicar por la censura del régimen. (Apareció en 1982). Pidieron una beca por él para, al concedérsela, incitarle a escribir de nuevo.
Encuentra otra manera de ordenar las palabras, unos términos que lo caracterizarán de ahí en adelante, con una libertad que vuelve al mundo oscuro de la dictadura, casi toda su vida hasta entonces, militando en la clandestinidad, soportando la vergüenza de ser pobre y de sentirse vencido, escalando con mucho esfuerzo en consideración social. Tristeza, cánulas, corazón, amarillo, azul, óxido, leche, ácidos, hiel, vergüenza, luz… Estas palabras aparecen de modo recurrente en el libro y hacen de cimientos del edificio que por fin quiere y sabe construir el poeta a partir de aquí y en las siguientes entregas. «El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición.» Es el primer versículo del libro y marca una cadencia que se identificará de ahí en adelante como gamonediana.
El poema es una relación afiebrada de un tiempo convulso: «Era un país cerrado; la opacidad era la única existencia.» El sujeto poético emplea un tono solemne y trágico: «Mi memoria es maldita y amarilla como el residuo indestructible de la hiel.» Ha sobrevivido a esa calamidad y se siente culpable. «(…)la suciedad obligatoria de mi alma: / éste es el precio de la paz. Acuérdate.» «(…)tantos días hasta que comprendí que el miedo era el alimento de mi patria.» Esa atmósfera venenosa es el aire que ha respirado el poeta, silencios impuestos, delaciones, arrepentimientos, mentiras, muerte… Todo es oscuro. «De la verdad no ha quedado más que una fetidez de notarios, /una liendre lasciva, lágrimas, orinales / y la liturgia de la traición.»
Hay momentos voluptuosos: «Descubríamos líquidos cuya densidad pesaba sobre nuestros deseos (…)», pero están contaminados por el ambiente, «Obscenidad, dulzura fúnebre, ¿Quién no bebe en tus manos amarillas?»
El poeta usa una segunda persona múltiple, femenina, masculina, como un espejo de sí mismo… «Puse la enemistad como un lienzo sobre tus pechos que eran olorosos hasta enloquecer en sus círculos amoratados.» «Ahora eres obsequioso y pacífico como el aceite que se reserva para los agonizantes» Está ahí el amigo que muere: «Ese eras tú, nuestras palabras aniquiladas en tus oídos.»
Es poesía política, de denuncia, pero es mucho más, trasciende las circunstancias particulares para adentrarse en un espacio propio, que crea con sus modos, sus palabras, sus ritmos… más allá de la representación. Hay dolor, culpa, tragedia. Y está la belleza terrible inherente a ese relato que no busca realismo ni comprensión, sino sumergir al lector en un aire lleno de miasmas del cuerpo y del alma. La mentira del título está de manera esencial en el ambiente que se describe, y ha contaminado todo, incluidos los sujetos que pelean por salir de allí. En palabras de Miguel Casado, quien más y mejor ha analizado la poesía de Gamoneda: «La inmersión en ese tiempo hace aún más irreal la supervivencia, de modo que las conclusiones ya no son personales, biográficas, sino existenciales: vivir es fingir la existencia, la auténtica mentira es la propia vida.»
El libro apareció en la colección Provincia, en León, en 1977. Diez años más tarde, la primera Poesía reunida de Gamoneda, ‘Edad’, con poemas a partir de 1947, convirtió al poeta en el referente que es hoy.
Aunque el primer libro publicado de Gamoneda fue ‘Sublevación inmóvil’, escrito entre 1953 y 1959, finalista del Premio Adonais y publicado en 1960, él añade en sus compilaciones ‘La tierra y los labios’, empezado en 1947, cuando tenía 16 años, y terminado en el 53. Durante un tiempo, el poeta se presentó, por razones también económicas, a cuanto premio de poesía en el que veía que tenía posibilidades, y ganó bastantes, a veces con otros nombres, según cuenta en sus Memorias.
‘Blues castellano’, escrito entre 1961 y 1966, no pudo aparecer hasta 1982, por la censura. ‘Descripción de la mentira’ se publica en 1977, en la colección Provincia, de León. ‘Lápidas’ (1977-1986) ya aparece en la exquisita editorial Trieste, en Madrid. Se convierte en un poeta reconocido por el gran público a partir de su primera Poesía reunida, ‘Edad’ (1987) en Cátedra, en edición de Miguel Casado.
‘Libro del frío’ (1982) se publica en Siruela. El ‘Libro de los venenos’ (1995) es un proyecto singular, fuera de género, a partir del tratado de Dioscórides, del SXVI. ‘Arden las pérdidas’ (2003) y ‘Cecilia’ (2004) vienen ya integrados en la segunda edición de su Poesía reunida, ‘Esta luz’ (2004). ‘Canción errónea’ (2012) y ‘Prisión transparente’ (2016), son su últimos libros, incluidos en la segunda edición de ‘Esta luz’ (2019), ya en dos volúmenes.
Además de numerosos textos ensayísticos y algunos narrativos, son muy destacables sus dos tomos de Memorias, ‘Un armario lleno de sombra’ (2009) y ‘La pobreza’ (2020), publicados en Galaxia Gutenberg. Ha recibido los premios más importantes de literatura en lengua española, incluido el Cervantes, en 2006. El poeta, nacido en Oviedo en mayo de 1931, ha vivido en León casi toda su vida.


Gamoneda, acompañado de su nieta Cecilia, recoge el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana . Archivo rtve.es
[Artículo publicado en el suplemento cultural “La sombra del ciprés”, del diario vallisoletano El Norte de Castilla, el viernes 21 de mayo de 2021, pág. 4]
Por ESPERANZA ORTEGA
¿Quién es esta niña que se acerca con Antonio Gamoneda a recoger el Premio Reina Sofía en 2006? Parece una gacela al lado del hombre cansado que se aferra a su mano diminuta.
La niña era su nieta Cecilia, cuyo nombre había dado título a un libro publicado dos años antes. A Cecilia la había visto yo cuando era un bebé a quien su abuelo Antonio miraba estupefacto, como si se tratara de una aparición que en cualquier momento pudiera disiparse. Así de asombrados dejó a sus críticos la publicación de esta obra, igual que al propio Gamoneda, mientras escribía el libro que parecía serle revelado por la súbita presencia de su nieta, como dice en estos versos: “en tus labios se forman palabras desconocidas / y lo invisible gira en torno a ti suavemente”. Y el mismo contraste que encontramos entonces entre la niña endeble y el anciano corpulento, lo hallamos también entre la claridad de Cecilia y la oscuridad de sus obras anteriores, aunque todas posean la cualidad del resplandor.
Estábamos acostumbrados a que Gamoneda nos estremeciera mientras leíamos Blues castellano o Descripción de la mentira y, en Arden las pérdidas, nos había reducido a rescoldo, entre las brasas de sus versos ardientes. Entonces llega Cecilia y alumbra la oscuridad con su luz encarnada. Si al final de Arden las pérdidas terminaba por arder el lenguaje, Cecilia pasa por encima de esa hoguera; surge de súbito, sin anclaje en el mundo. Cecilia es el diario de una aparición, por eso su entonación es exclamativa, entendiendo la exclamación como aceptación del misterio. Ante una recién nacida no es posible preguntarse sobre la verdad o la mentira, así que el poeta, conmovido, constata lo que sucede, porque Cecilia aún no ha despertado en el sentido platónico, vive el sueño previo al conocimiento y, sin pasado, su presencia comunica con lo intemporal. Dice Gamoneda: “acerqué mis labios a tus manos y tu piel tenía la suavidad de los sueños / algo semejante a la eternidad rozó un instante mis labios”. En Descripción de la mentira había afirmado: “en los establos en los que me envuelve la oscuridad / yo recibo a la muerte y conversamos hasta que lame dulcemente mis labios”. Cecilia ha sustituido el frío de la muerte por el aliento cálido de la eternidad.
En Cecilia, Gamoneda se interna en el espacio del sueño de la recién nacida, cuando las palabras aún no han conformado sus significados pero todo es significativo: el llanto, la caricia, el tacto, la luz… Allí, como el pequeño príncipe de Saint Exupèry, encuentra su flor, la única flor en el desierto del poema. Y perplejo, confiesa: “nunca tuve en mis manos una flor invisible”.
Pero el destino de la niña es el crecimiento y, por tanto, el abandono de su gracia reciente. Ella todavía está allí, aunque su gesto sea desde el principio el de la despedida: “dices adiós en el umbral”. Y Gamoneda, al que siempre han hipnotizado las llamas del abandono, conmemora la emoción del instante de la pérdida: “como música de la que aún permanece el silencio / siento tus manos lejanas de mí / así es / la desaparición y la dulzura”.
En el momento en que la carne se convierte en música, termina Cecilia. El poeta regresa a su armario de sombra, pero antes de hacerlo, se detiene y afirma en su último verso: “eres como una flor ante el abismo, eres mi última flor”. Al escucharlo, nos recorre a sus lectores el mismo escalofrío que nos estremecía en sus libros anteriores.
Me encontré con Cecilia en el IES Núñez de Arce, convertida en una adolescente espigada y despierta, a punto de olvidar a la niña que fue. Esa niña —pensaba para mí cuando la veía sentada en su pupitre— permanecerá para siempre en Cecilia, y su mano pequeña, la misma que guiaba a su abuelo al recoger el Premio Reina Sofía, nos guía en la lectura de Gamoneda, porque, gracias a los versos de Cecilia, es mucho más que la mano de su nieta, es la mano de la poesía.

Portada del suplemento La Sombra del Ciprés, 21-5-2021.
El poeta Antonio Gamoneda cumplirá 90 años el próximo 30 de mayo de 2021. Con ese motivo, y para felicitarle y celebrarlo, el suplemento cultural «La sombra del ciprés», del diario vallisoletano El Norte de Castilla, le dedica unas páginas en su edición del viernes 21 de mayo de 2021.
Ha sido improsible encontrar un ejemplar del periódico en la ciudad de León (España), a unos 140 kilómetros de Valladolid. Hace meses, según indican los kiosqueros leoneses, que El Norte de Castilla dejó de llegar a León. Y para leerlo por internet hay que hacerse suscriptor y pagar.
Así que un amigo vallisoletano nos ha fotografiado las páginas, en las que escriben sobre Gamoneda cuatro autores amigos que le conocen bien: Luis Marigómez, Tomás Sánchez Santiago, Jorge Praga y Esperanza Ortega.
[Reproducimos este artículo que, en su edición en el diario La Nueva Crónica (el 3 de febrero de 2021), presenta una errata importante, ya que el relato de Antonio Gamoneda que aparece comentado se titula ‘Relación de don Sotero’, y no ‘Relación de don Suero’, y fue publicado originalmente en la revista Los Cuadernos del Norte (Oviedo, 1985). La versión comentada aquí apareció en el libro colectivo ‘Cuentos de León narrados por…’ (Ed. Rimpego, 2014)]
Por JOSÉ JAVIER CARRASCO
El escritor, en su actividad de plasmar otras vidas se parece, de algún modo, a un transformista, a alguien que se trasmuta en otros. Al definir a sus personajes se define además a sí mismo. En el escenario de las páginas en blanco adopta los ropajes, las actitudes, las miradas de aquellos que retrata, y, poco o mucho, es necesario que se identifique con todos ellos antes de darles voz. Antonio Gamoneda (1931), galardonado entre otros premios con el Premio Cervantes, en el año 2006, es conocido sobre todo como poeta. Pero también tiene algunas obras en prosa como ‘El libro de los venenos’, reescritura de un texto del botánico y médico Discórides. El libro ‘Cuentos de León’ de la editorial Rimpego incluye un amargo y sarcástico relato de este longevo autor. Titulado ‘Relación de don Sotero’, da cuenta en primera persona de una de las transmigraciones del personaje del mismo nombre, un viejo hedonista, antiguo gestor, de temperamento melancólico, satisfecho con el funcionamiento de su hígado, que entretiene el tiempo abriendo viejos armarios y disfrazándose con lo que encuentra para escandalizar a su criada, o cocinando elaborados platos. Ha perdido a sus tres amigos, Barniaga, Carniago y don Vittorio, mirados en la distancia con benevolencia y cierta añoranza, a los que invitaba a comer a casa. Le visitaban además, una vez al mes, dos hermanas que no se hablaban, con una herencia en ‘pro diviso’, a las que recibía en su casa para agenciar sus asuntos. Atendido por una criada, Alconides, a la que no da mucho trabajo. Por último padece la compañía de un hijo, llamado Soterito, afeminado y pelma, que después de la paliza que le da su padre, decide vengarse y acaba matándole. Así, de ese modo trágico, se cierra una de las vidas de Don Sotero. Retrato de las rutinas especiales de alguien que sobrelleva la vida lo mejor que puede hasta que, en un arrebato, la emprende a bastonazos con su hijo, por no comportarse como es debido en la mesa. En la atmósfera decadente que envuelve al personaje se refleja el tedio provinciano, la irresoluble desesperanza de unas vidas perdidas, que las pequeñas ciudades sepultan en un anonimato gris y uniforme; proclives a bruscos cambios de humor, a una violencia soterrada que estalla dando salida a una frustración latente. Atmósfera barroca, a la que los sofisticados platos de don Sotero, mientras Soterito permanece en el baño rumiando la venganza, dan una dimensión final de refinada elegancia, presente a lo largo de todo el relato. El escritor, Gamoneda, se trasmuta en don Sotero, vive por unas horas, el tiempo que le lleva pergeñarlo, en una piel que no es la suya. Se ofrece por último en sacrificio expiatorio a alguien que desprecia, a un hijo que encarna a todos los hijos humillados por el padre de la horda, crimen ritual, repetido, que Freud describe en «Tótem y tabú» como origen de la civilización y la cultura.

Primera página del relato ‘Relación de don Sotero’ publicado en el libro ‘Cuentos de León narrados por…’ (Ed. Rimpego, 2014).
“Antonio Gamoneda es el Homero de nuestro tiempo. Alzado sobre las ruinas de la poesía europea. Sus versos recopilan trozos de las lenguas rotas que hablamos hechas pedazos por la imposición del lenguaje de la publicidad. (…) Gamoneda ha suturado las heridas de nuestras palabras, juntado, curado y devuelto a la vida… sus poemas son la eternidad”.
Así lo expresó el poeta chileno Raúl Zurita en 2017 en Nicaragua, durante el XIII Festival Internacional de Poesía de Granada (Nicaragua), tal y como lo recoge el diario nicaragüense «La Prensa».
Por HAROLD ALVA
[Artículo publicado en expreso.com.pe el 17 de enero 2021]
Uno de los primeros poetas que leí fue Antonio Gamoneda, “Descripción de la mentira”, “Lápidas” y “Libro del frío”, fueron el eco que acompañaron mis todavía tempranos diecisiete, cuando en Trujillo, con la tutoría de Juan Paredes Carbonell, aprendí a leer a los surrealistas. Gamoneda fue el único poeta de mis lecturas anteriores que se mantuvo firme a pesar de lo que significó descubrir a Antonin Artaud y Tristán Tzara. Con Breton nunca me llevé bien, pese a ser el teórico de aquella pandilla de genios. Por eso, cuando un problema de salud, me impidió abordar el avión que me llevaría a Quito, al Paralelo Cero, al enorme festival del también enorme Xavier Oquendo Troncoso, la frustración fue grande porque precisamente el invitado de honor era Antonio Gamoneda. Me limité a observar las fotos que Leopoldo Castilla me enviaba al celular, a observar el fanpage del festival y a escuchar, desde mi lecho de convaleciente, al admirador de Vallejo, al poeta de León que camina en diálogo permanente con nuestro brujo mayor. Un año después, mi amigo Pedro Novoa me llamó para decirme que alguien quería comunicarse conmigo y que por favor reciba la siguiente llamada. Intrigado, y con la curiosidad de un gato, respondí inmediatamente la siguiente llamada: era Dennis Vargas Marín, decano de la facultad de comunicaciones de una universidad local, para decirme que se había enterado que el 25 de abril estaba de cumpleaños y que su llamada era porque un viejo amigo quería entregarme un presente para la memoria. Yo no entendía nada. “¿De qué se trata, dígame?”, pregunté.
“Sabemos que eres lector de Gamoneda, hemos aprobado una directiva en la que nuestra universidad aperturará, a partir de ahora, el año académico, con un Premio Cervantes. Nuestro invitado es Antonio Gamoneda y esta llamada es para invitarte a pronunciar el discurso de bienvenida”. Yo no cabía en mi alegría. Fue así como conocí a Gamoneda, aquí, en un local universitario de la periferia limeña. Por eso ahora que he recibido uno de sus poemas inéditos para la antología que preparo de poesía iberoamericana: “Dietario del Perú 1980. Vallejo, España”, no tengo sino palabras de agradecimiento para con el más noble de la generación española del cincuenta. “Vallejo, ciertamente, harto de hiatos y sollozos, huérfano de sí mismo, andaba con frecuencia/ intempestivo. Nadie atendía a sus diástoles ni a su evidente tráfico pensativo, nadie nunca / estimaba / su mandíbula pómez”, escribe y, cuando lo leo, siento, querido Antonio, que “mezclas la luz en el cristal sediento/ a intensidad y amor y sombra fría”·

…
El número 18 de la revista Losada –editada por la junta vecinal de Losada (Bembibre, León)– ya está en la calle, y se encuentra a disposición de los interesados, como es habitual, en el bar de la localidad.
Contando con Antonio Gamoneda, este número se ha compuesto con los textos de diecisiete colaboradores en total, que nutren sus páginas con sus vivencias y sus relatos, con historia y con poesía entre otros muchos aspectos, siempre con Losada como denominador común.
Citados por orden alfabético, los diecisiete colaboradores son: Segundo Álvarez Gómez, Pilar Blanco, Gregorio Fernández Castañón, Carlos Fernández Rodríguez, M. Natividad Fuertes Prieto, Antonio Gamoneda, Miguel José García González, César Gavela (recientemente fallecido), Rubén González, Xuasús González, Sebastián González Blanco, Raúl Guerra Garrido, C. M. Hardt, Ricardo Magaz, Patricia Menéndez Arias, José María Merino y Maru Rizo.
El documental ‘Muerte en el Valle’, la cueva de las Tres Ventanas en Corullón, la niña santa de Congosto, las piedras del rayo, la figura del exjugador de baloncesto Josines González o la figura del fallecido y afamado pintor bembibrense Amable Arias –cuya compañera, Maru Rizo, ha cedido la obra suya que ilustra la portada– son algunos de los temas que se abordan en este número.
Autores, pues, que proceden del mundo de las letras, de la investigación, de la enseñanza… junto a otros que contribuyen a enriquecer Losada con su experiencia personal, se unen para dar ‘vida’ a esta publicación que, una vez más, desde 2003, cumple con su cita anual ante los lectores.
De mis encuentros con Miguel Delibes –no fueron muchos, pero sí amistosos y hasta memorables–, el recuerdo que guardo más vivo es el de una ocasión en la que Miguel no estaba. Me explicaré.
Eran años del último tercio del siglo pasado y exponía en una galería de León, en Maese Nicolás, concretamente, el sensible gran pintor que fue Álvaro Delgado. Repasando con él la muestra, me detuve con especial interés en un retrato de Miguel Delibes que, por así decirlo, presidía el conjunto.
Era un retrato espléndido; severo y luminoso, resuelto en buena parte con los sepias y amarillos tostados o verdecidos, muy evidentes entonces en la pintura de Álvaro. Delibes está sentado en un sillón cuya tapicería (espero que la memoria no me traicione) hace ver con generosidad estos colores.
No recuerdo mis comentarios ni las respuestas del pintor, que no son aquí imprescindibles. Sí lo es que declare el descubrimiento que hice y que el artista reveló en plenitud. Delibes tiene su mano izquierda apoyada en el lateral del sillón. ¿Apoyada? No exactamente. Avanzada sobre el lateral, retiene con firmeza, con suave firmeza… ¿Qué retiene su mano?
Yo pude adivinar una breve corporeidad insinuada pero no fui más allá. Fue Álvaro quien me lo dijo, sonriendo con un pliegue de discreta ternura: «Es la mano de Ángeles». Le apreté el brazo y no dijimos nada más. Lo que hubiéramos podido decir era inabarcable en una conversación convencional y, además, ya sabíamos qué era.
Miguel Delibes quiso retratarse asiendo, de manera que no llega a ser secreta, la mano de su compañera, desaparecida hacía años pero presente siempre en él y con él. El cuadro de Álvaro Delgado no es solo un retrato. Es también una historia y un testimonio. Un testimonio de silenciosa humanidad enamorada.