
Portada del número de extra de verano 2016 de la revista Leer.
[Entrevista a Antonio Gamoneda publicada en la Revista LEER correspondiente a julio-agosto 2016, por Alicia González].
Entrevista al sinestésico Antonio Gamoneda
Por ALICIA GONZÁLEZ

Portada de la antología «Niñez» (Calambur Ed.).
Suenan las campanas de la catedral. Gamoneda ya no se asoma a los balcones, ahora es un hombre de puertas adentro. Bueno, lo ha sido siempre y esa introspección hace su poesía espesa, fieramente humana. Ahora recupera al niño desconcertado y morbosamente atraído por la guerra que coloreaba en su mente las imágenes de una España negra en Niñez, mientras mantiene el asombro gracias a su nieta y la voluntad impensada de sobreponerse con ese hipertensor de riesgo que es la poesía.
—Su hija habla de la capacidad performativa de la niñez como relato de pasado, presente y futuro en su obra.
—(Se lo piensa un poco antes de contestar). Ciertamente en mi niñez se dieron marcas que permanecen y que han condicionado y motivado muchos principales aspectos de mi vida.
—Leyendo su obra uno diría que usted es más hijo que padre y esposo, e incluso ha dicho que postergó el ser poeta al ser hijo, padre y esposo. Y es cierto que ha hecho poca poesía estrictamente amorosa. ¿Optó por la poesía existencial desde el primer momento?
—Tengo bastante poesía amorosa en el sentido de amor a la pareja, a la mujer elegida. Ahora, los datos biográficos míos suponen una relación y una dependencia en todos los órdenes muy fuerte con mi madre, que enviudó muy pronto cuando yo tenía menos de un año; yo era hijo único. Y ésta es una circunstancia familiar que configura la convivencia donde las relaciones entre madre e hijo eran particularmente intensas. Eso es así no en mi caso, sino quizá en la mayoría de los casos, pero también es verdad que mi madre tiene en mi escritura un valor de símbolo viviente, como si la «retracción», que es palabra que utilizo en algún poema, hacia la especie maternal supusiera para mí un refugio necesario.